EL AMOR EN LA PRÁCTICA
Texto: Héctor Vázquez

Todas las verdaderas disciplinas espirituales buscan como objetivo final la unidad con Dios. Esa fusión significa una aniquilación del individuo, una verdadera y autentica transformación que tan sabiamente ha sido simbolizada por los antiguos en sus ritos y mitos. Recordemos la sabia advertencia de la parábola del vino nuevo que debía ser colocado en odres vírgenes porque si así no se hacía el odre nuevo no podría soportar la fermentación del joven vino. Esto nos enseña que antes de que descienda una fuerza espiritual hacia nosotros, debemos estar preparados para recibirla con una vestidura acorde a esa fuerza.
Esa vestidura de la que hablamos es la pureza que es el fruto de la renovación producida por el amor, porque sólo el amor puede renovarnos íntegramente como el fuego a la naturaleza. El amor es una especie de fuego más sublime, es un fuego transformado que se ha convertido en luz. Es también el dolor cuando este ha superado los límites de la resistencia humana, y que sólo nos deja la única salida posible que es la del arrepentimiento. El hombre que cruza ese umbral del dolor y la humillación se encuentra al otro lado la verdadera cara del amor cuyo nombre es Sacrificio.
Esto lo saben aquellos que comprenden que la verdad y la realidad no pueden ser reconocidas sino como una experiencia propia que vive el ser en su totalidad, esta comprobación es individual e inexpresable en palabras o en formas. Pero aquel ser que ha sentido esa visión comprende que su creencia en un ser individual es efímera e ilusoria, y que su amor y su sabiduría no es propia sino que viene de una infinita y eterna cadena de asociaciones. Esta comprensión nos abre las puertas a una visión más profunda de la realidad y por ende de nuestro sagrado compromiso con este maravilloso río de la vida. Observemos nuestra vida, no solamente desde que nos manifestamos con este cuerpo físico, sino desde que el sol iluminó por vez primera a este mundo. Combinemos nuestra vida con la del sol que calentó las aguas y permitió que las plantas crecieran, asociemos nuestra efímera existencia a estas palabras que ahora leemos y que son producto de mis padres que me crearon. Entonces veremos la interdependencia de todos los seres, veremos que nuestra propia vida está formada también con elementos que creíamos no propios. De la misma manera que una hoja está formada de la luz del sol, del aire, de la tierra, de la nube que dejó que la lluvia regara al árbol, del hacha del leñador y su fuerza, que se necesitó para cortar el tronco, y podríamos seguir infinitamente porque, aquel que comprende esto, sabe y siente que unido está el principio con el final.
Esta comprensión de la vida como una unidad absoluta sólo puede provenir de la única ley que es Amor Consciente. Porque si el odio separa, el miedo rechaza, la pasión retiene, la sabiduría contempla, la misericordia actúa, sólo el amor impersonal en verdad une al hombre con su Creador. Es por ello que cualquier práctica espiritual que realicemos debe estar llena de amor; en sí cualquier acto sencillo que realicemos en esta vida y que manifieste su bendita presencia se convierte en un maravilloso acto espiritual.
El amor es como el agua que se necesita para la construcción de nuestro templo interior porque suaviza con sus propiedades a los elementos más duros y los une con aquellos que son más suaves. Se encuentra en toda la tierra pero desciende siempre del cielo; nadie ve en las paredes su verdadera forma pero sin su entrega no habría podido unirse ninguno de los elementos de nuestro templo. El piso, las paredes y las maderas que sostienen al techo, todas ellas la contienen y sin su sagrada presencia no puede haber vida. En la tierra toma forma de agua y en el cielo forma de luz, una luz que las tinieblas jamás han comprendido.
Es por ello que este amor debe ser como una luz que guíe a los que están perdidos, este amor debe ser de una potencia que cure a los que se encuentran enfermos, este amor debe ser generoso y humilde como aquel que se ha colmado de todas las bendiciones, este amor debe ser caritativo y misericordioso para con nuestros semejantes y más aún con aquellos que han realizado malas acciones. Este amor es un amor de sacrificio, y es el amor que enseñaba Jesús cuando dijo: Aquel que quiera ser grande en el cielo deberá servir primero a sus hermanos. Pero este amor no es de este mundo y es así que el hombre que quiera recibirlo deberá purificarse antes.
Porque en verdad no es el hombre el que conquista este amor, sino que esta fuerza bendita es la que se sirve del virtuoso para manifestarse; y así como la luz del sol enciende al diamante, le da vida y lo hace brillar como otra estrella en el cielo, el hombre puede crucificarse en la materia cuando las fuerzas del espíritu lo traspasan como una verdadera lanza. Es en este momento en que el hombre encarna el verdadero amor y puede ver, sentir y vivir la realidad tal como es.
En el Budismo existen tres grandes gemas. La primera es cuando hombre despierta. La segunda es el camino de la comprensión y el amor (dharma). La tercera es la comunidad, es decir el mundo. Estas tres gemas en realidad son una porque están todas interrelacionadas entre si y veremos en contadas ocasiones que no se puede separar una de la otra. Este camino también lo vemos nítidamente en la vida de Jesús y cada una de esas gemas es un período de la vida del Gran Maestro.
Es cierto que aquel que inicia un camino espiritual y que busca la más alta perfección deberá pasar por ciertas puertas. Estas puertas son las llamadas pruebas, todas ellas dolorosas, porque necesitamos de esas llamas para purificarnos de nuestros elementos indeseables. Por ese motivo el iniciado necesita un tiempo de soledad para sanar y fortificar su cuerpo pero luego de ese período, si quiere avanzar aún más, debe dar testimonio de todo lo aprendido. Entonces debe ser una luz para el mundo porque nadie enciende una vela para colocarla donde nadie pueda verla sino que la deja para que ilumine a aquellos que puedan perderse.
Existen muchas enseñanzas pero solo una esencia verdadera: Voluntad, Amor y Sacrificio. Voluntad para despertar nuestra conciencia, amor para nacer en nuestras virtudes y sacrificio para con este mundo. No es suficiente aprender la sabiduría de los Maestros, no basta con comprender la filosofía iniciática si no hay una voluntad de plasmarla en un acto determinado. Si esto no sucede, hasta el conocimiento más sublime o la practica más elevada, se transforman en un impedimento, simplemente porque la misma carece de la sustancia primordial.  Esta voluntad debe ser alimentada con el amor y el servicio que todo ser espiritual debe ofrendar a este mundo, a la divina presencia, a la bendita Naturaleza.
Un servicio así solo puede nacer del Amor Consciente hacia todos los seres, visibles e invisibles. Lógicamente es un estado de conciencia que sólo aquellos que han trabajado sobre sí mismos pueden obtener.

 

                 
 

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