EL CICLO COSMOGONICO

Desde tiempo inmemorable el hombre ha levantado su vista y ha contemplado entre una mezcla de estupor y maravilla a la vida que rebosa en este universo. Desde el inicio lo ha considerado sagrado y lo ha reverenciado como tal, tanto a la vida como a ese rito que son sus ciclos eternos e infinitos.
Tanto en las antiguas religiones como en los mitos sobre la creación encontramos las figuras de Dios Padre como espíritu y Dios madre como materia. En algunas se enfatiza más el aspecto paternal que maternal como es en el caso del judaísmo, el cristianismo y el islamismo. En otras el aspecto maternal es el primordial, entonces ella es virgen porque su esposo es lo desconocido invisible.
En la mitología finlandesa (Canto I del Kalevala) podemos encontrar una hermosa leyenda que nos cuenta como la hija virgen del aire descendió desde las mansiones celestiales al mar primario y flotó durante siglos en las aguas eternas para dar a luz a su hijo. En cierta forma es una analogía inversa al Génesis del antiguo testamento cuando dice que el espíritu de Dios se cernía sobre la faz de las aguas y después dijo: que haya luz y hubo luz. 
Si queremos buscar el origen del cosmos deberemos comenzar por el acto primordial, el paso de las tinieblas a la luz. El acceso a ese punto equivale a una búsqueda de la verdad absoluta, a una transformación del caos en un cosmos, de lo efímero a lo real. Este paso es imposible sin la ayuda del mito. Su acceso nos equivale a una consagración, a una iniciación, donde se transforma la existencia ilusoria en una existencia real y eficaz. Es por ello que el mito se encuentra en el centro del cosmos.
En todas las culturas se ha utilizado este puente para acceder a verdades que de otro modo sería imposible para la mente humana. Quizás en este poder resida su permanencia, quizás en esa asociación del mito con el eterno retorno a la fuente de vida, a la conquista del árbol de la vida, a la inmortalidad. Este carácter intrínseco del propio mito explica su función primordial de unir lo desconocido con lo conocido. En el rito encontramos el mismo concepto en la repetición de un acto divino por esencia. Estos modelos arquetípicos nos refuerzan la idea del mito como puente y lazo entre los hombres y su creador.

 

Estas ideas subyacen en todos los hombres, aún aquellos que descreen de los mitos y los ritos, son tan humanos como la propia naturaleza. El hombre no hace más que repetir el acto de la creación sino el sentido de festejar un año nuevo no tendría ningún sentido. Los años ni son nuevos ni son viejos y a pesar de esta lógica en el mes de Diciembre la corriente humana se prepara la renovación del mundo. Desde el Sabat hasta la Navidad, pasando por festejos del matrimonio, de los cumpleaños, de los nacimientos y el velatorio por los muertos, estamos repitiendo el acto primordial de la construcción cosmogónica del universo. Lo que importa es que el hombre siempre sintió la necesidad de reproducir los actos de vida y de muerte, y que esa reproducción lo hacía contemporáneo del momento mítico del principio del mundo, y que de ese ritual nacía la necesidad de volver a ese momento para regenerar al mundo y a sí mismo. Estos rasgos del mito y del rito permanecen inmutables en la mente del hombre como si la fuerza del primer acto divino permaneciera para toda la eternidad.
Este aspecto del mito merece subrayarse de un modo particular, ya que el mito revela la Sacralidad del absoluto que penetra, a veces en forma dramática, al mundo de los hombres. Es esa irrupción, ese lazo lo que realmente fundamenta al mundo y que da ese significado tan profundo del mito y del rito. La función magistral del mito y del rito es de recordar los modelos ejemplares, de volver siempre a la fuente de vida, ninguna actividad humana debe separarse de esa energía pues si no estaría condenada a sufrir por ello.
Por todo lo expuesto, es la experiencia de aquello desconocido, lo que fundamente al mundo, y en esa transición de un pasaje a otro, el mito como el rito formula distintas claves para la comprensión del hombre. Ese pasaje adquiere por su naturaleza invisible e inmanente de un carácter sagrado, no sólo por el mero transito sino porque es capaz de repetirse indefinidamente y porque en su seno se oculta la universalidad de todas las cosas. En el hombre adquiere el poder de la revelación, una forma de visualizar y comprender la acción permanente de lo sagrado en la existencia fenomenológica del mundo. De este conocimiento se desprende las religiones y mitos universales, son valores únicos y que dan sostén y coherencia allí donde pareciera no existir ninguna, permitiendo así al hombre superar cualquier tipo de situación particular, y lo que es más importante tener acceso al mundo del espíritu.
En cierta medida estos símbolos funcionan como unión y nexo entre lo particular y lo universal. Despiertan al hombre a una experiencia individual que a su vez es de comunión con todas las cosas. Es así que lo singular se convierte en eternidad, la particularidad en infinito, la muerte en resurrección; la unidad como un manto piadoso da refugio al dolor de la existencia porque nada muere realmente.

         
         
 

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