EL EQUILIBRIO
Texto: Héctor Vázquez

En este camino espiritual es muy fácil caer presa de los estados emocionales.  ¿Cuántas veces escuchamos a las personas hablar maravillas de esta senda, de prometer dar la sangre y la vida por este conocimiento, de arrepentirse y exclamar que jamás volverán a caer, que no van a parar hasta fundirse con Dios?
¿Cuántas veces hemos escuchado a las mismas personas o a otras decir que es muy difícil, que no pueden con las terribles pruebas que están pasando, que no tienen tiempo o que su enamorada/o no los acompañan en la senda, que no pensaban lo duro que iba ser? Y allí radica el problema: no piensan, no calculan los riesgos y los beneficios.
Bien, para cualquier cosa que hagamos en la vida, antes de hacerlo proyectamos la idea y vemos cuan viable es, que posibilidades de fracasar o de tener éxito hay. Bueno, pareciera que para la iniciación no hay ningún cálculo, que sólo con el corazón llegaremos a nuestro objetivo; y sabed bien: el corazón es uno de los pilares, pero también lo es la mente. Por eso este sendero es sabiamente llamado el filo de la navaja, porque recorremos este camino entre dos precipicios, el frío y el calor, el bien y el mal, la vida y la muerte, la mente y el corazón, el rigor y la compasión, y con cualquier error salimos de la senda. Porque la mente aporta el conocimiento que es frío y el corazón coloca el amor que es caliente; de ellos nace la sabiduría y la verdad, si falta alguno de ellos, nada hay de eso sino dolor e ignorancia.
Por eso, para no ir del optimismo fantasioso a la desesperación cursi, debemos siempre meditar, y saber cuánto debemos sacrificarnos para realmente poder cumplir aquello que prometimos o anhelamos. Es verdad que siempre tendremos que enfrentar al mal bajo la forma de obstáculos y dificultades. Estar ciego en este camino es, muy pero muy, peligroso, porque en esta ascensión hacia la cima tenemos árboles caídos, ríos profundos, vueltas y atajos que no conducen a ningún lado; hay millones formas de perderse, y si estamos ciegos y sordos, lo más probable es que terminemos en un zanjón más que en la propia cima. Esta ingenuidad se paga muy cara, a veces hasta con nuestra propia vida.
Por eso es tan importante combinar sabiamente reflexión con audacia, osadía con precaución. ¿Cuánto se necesita de cada uno? ¿Cómo es la mezcla perfecta? Solo uno la sabe, solo cada uno de nosotros aprende equivocándose y acertando.
Es por ello que el verdadero Iniciado ve a estas dos condiciones en una misma forma, de la misma manera que un hombre ve al invierno y el verano como los ciclos de un mismo año. Sabe que pasará el verano con todo su calor, toda su fuerza, todo ese empuje que nos lleva a prometer e imaginar el infinito, y que luego vendrá el invierno que será cuando nuestra voluntad se repliegue como una semilla esperando germinar. El mismo ciclo que le sucede al planeta en forma celular, nos sucede a los humanos, confirmando esa sabia ley que dice: como es arriba es abajo, como es abajo es arriba. Los ciclos infinitos se reproducen como el eco de un sonido en el tiempo y el espacio de este universo, descendiendo de esfera en esfera.
Es por todo esto que un Iniciado jamás debe perder el equilibrio, debe hacer todos los esfuerzos para mantener ese estado de armonía. Porque contrariamente a lo que muchos creen, ser equilibrado no es ser neutro, ser equilibrado no es un estado estático. Recordemos siempre que la vida es movimiento, y que para uno encontrarse en el centro debe balancearse siempre de derecha a izquierda. Debe ser como un trapecista caminando sobre la cuerda floja, ese es el verdadero equilibrio.
Pocos lo consiguen porque no hay escuelas de equilibristas, si no que es el oficio el que hace al oficiante. Sabed bien que hay épocas en donde todo irá bien y las puertas del cielo se nos abrirán, sabed que habrán momentos en que todo se encontrará cerrado y a pesar de golpear desesperadamente nadie nos abrirá; si comprendemos que debemos pasar por el medio, sin perdernos ni en un sendero ni en el otro, si no que justamente cuando pudiendo hablar sepamos callar y cuando pudiendo callar sepamos hablar, habremos aprendido el valor del equilibrio, sin ilusionarnos ni derrumbarnos, manteniéndonos en pie, siempre adelante. Porque sólo los inteligentes y los fuertes consiguen finalmente la victoria, combinando sabiamente cada una de las partes en su justa medida y en su justo peso.

                 
 

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