EL ESQUEMA SIMBOLICO

Pareciera que las leyendas y cuentos de antiguos o nuevos héroes nunca se acaban, sea que escuchemos con cierta fascinación los cantos de algún médico brujo (chaman), los fantásticos relatos de la iluminación del Buda, los milagros de Jesús el Cristo y sus fascinantes parábolas, las leyendas del místico y misterioso Lao-Tsé con sus epigramas, las revelaciones de Moisés en el Monte Sinaí, o los repentinos y brillantes significados de los cuentos de Hadas y de Magos, de Caballeros y valientes Príncipes en busca de algo perdido y lejano, y sin embargo en todos ellos encontramos siempre la misma historia de forma variable y sin embargo maravillosamente constante.
No sería exagerado decir que el mito sobre la que se apoyo todo héroe es la entrada secreta, por la cual las inagotables energías del cosmos se vierten sobre las almas de los hombres. En verdad el héroe, el maestro, el avatar, realiza la obra de abolir la obra del tiempo, reintegrarla al instante de la creación donde todo era puro e inocencia, donde nada estaba mancillado o estropeado. En ese mítico y heroico viaje debemos penetrar en el vientre del monstruo que equivale a ser enterrado, a una regresión al momento donde todo tuvo su comienzo, es decir volver a la noche cósmica donde todo era caos.
Salir del vientre de una ballena, o de cabaña tenebrosa, o de la tumba iniciática reitera el retorno ejemplar del caos, es la preparación del nuevo nacimiento. Esta muerte y nacimiento se ha conservado invariablemente en todas las religiones orientales como occidentales. El mismo esquema se ha repetido tanto para los monjes budistas como para los sacerdotes cristianos, ambos se preparan a través de incesantes purificaciones para morir a la condición de ignorancia que se encuentra atado el hombre común, es decir a la esclavitud de la materia para renacer a la libertad y al amor ilimitado de Dios.
Entonces podemos visualizar que el camino común, tanto de la aventura mitológica del héroe como el ascético y renunciante camino del monje, repite el incesantemente esquema símbolo de la separación-iniciación-retorno.
Esta fórmula subyace en forma latente en todo rito, sea mitológico como religioso, pues su principio es parte del subconsciente de la humanidad. Como lo es en toda la naturaleza del universo el esquema simbólico puede representarse como un circulo, un ciclo donde todo termina para simplemente volver a comenzar.
Tanto el héroe como el monje inician su aventura cuando todas las cosas mundanas de la vida se agotan. Las energías creadoras que renovaron al mundo se han acabado bajo los conceptos, hábitos y rutinas que el hombre utiliza para moldear y dar forma a ello que llamamos vida. Los conceptos se han vuelto rígidos y viciados de toda inteligencia, los actos se repiten sin sentido y las relaciones internas como externas traen más confusión que orden.
Es así que la crisis madura incubando su energía destructiva para la existencia actual pero creativa para la venidera. Todos los héroes como los santos comienzan desde el mundo de todos los días, un mundo muerto y cansino. Más adelante los espera una región de prodigios sobrenaturales, una zona desconocida completamente y por ello fascinante como atemorizante. Solo cuando regresa de esa misteriosa y peligrosa etapa de su vida totalmente renovado es que se ha convertido en algo distinto a los otros hombres, y posee dentro de sí mismo la fuerza necesaria para realizar milagros o enseñar una  nueva doctrina.
Prometeo ascen­dió a los cielos, robó el fuego de los dioses y descendió. Jasón navegó a través de las rocas que chocaban para entrar al mar de las maravillas, engañó al dragón que guardaba el Vellocino de Oro y regresó con el vellocino en su poder. Lo mismo sucedió con Jesús el Cristo que se fue al desierto y luego de superar las tentaciones regreso al mundo para enseñar el camino de regreso a la vida eterna.
El esquema se repite invariablemente tanto en las historias de los caballeros del Santo Grial como en los cuentos más modernos estilo del El señor de los Anillos o Harry Potter y veremos que a pesar de los distintos ropajes que se nos presentan tenemos la fórmula mágica que es: separación-iniciación-retorno.
Una representación más que simbólica del poder de héroe y de su sublime importancia en el entendimiento de nuestra alma es la concebida y llevado a cabo por las leyendas de las grandes batallas del Buda en la conquista de su iluminación. Cuenta que el joven príncipe luego de conocer las tristezas, dolores y desolaciones del mundo escapo secretamente del palacio de su padre. Luego de eso vistió las ropas de los monjes, atravesó el mundo como un mendigo y durante estos años en que en apariencia vagaba inútilmente, adquirió y trascendió los ocho estados de la meditación. Se retiró a una ermita, sometió sus fuerzas seis años más a la gran batalla, llevó su austeridad hasta el extremo y cayó en una muerte aparente de la que poco después se recobró.
Un día se sentó bajo un árbol y el árbol se iluminó con las luces que él irradiaba. Ésta fue señal de que el momento de su triunfo había llegado. Se levantó y avanzó por un camino que había sido adornado por los dioses y que tenía mil ciento veintiocho codos de ancho (esotéricamente la suma de esta cifra da el número del apostolado). Las serpientes, los pájaros y las divinidades de los bosques y de los campos le ofrendaron flores y perfumes celestiales, los coros celestiales le dieron su música y los diez mil mundos (los diez sephirot de la Kabbalah) fueron invadidos de perfumes, guirnaldas, armonías y aclamaciones, porque él estaba en camino al Gran Árbol de la Iluminación (Conocido como el Árbol de la Vida), bajo el cual redimiría al universo. Se colocó con firme resolución bajo Árbol Bo como es conocido en el oriente, en el Punto Inmóvil (La columna Central del Árbol de la Vida, la columna de la inteligencia), e inmediatamente se le acercó Kama-Mara, el dios del amor y de la muerte.
El peligroso dios apareció y estaba rodeado por su ejército que se extendía doce leguas ante él, doce a la derecha, doce a la izquierda, y a su espalda cubría los con­fines del mundo; además, tenía nueve leguas de estatura. Las deidades protectoras del Universo huyeron, pero el Futuro Buddha permaneció inmóvil debajo del Árbol. En­tonces el dios lo atacó, tratando de romper su concen­tración.
El Antagonista envió sobre el Redentor viento huraca­nado, rocas, truenos y llamas (las cuatro pruebas del aire, del agua, de la tierra y del fuego) pero todo se convertía en flores celestiales y en ungüen­tos, por la fuerza de las diez perfecciones de Gautama (referencia al cumplimiento de los diez mandamientos). Mara entonces envió a sus hijas Deseo, Anhelo y Lujuria, rodea­das de voluptuosos servidores, pero la mente del Gran Ser no se distrajo. El dios finalmente puso en duda su dere­cho de sentarse en el Punto Inmóvil, arrojó coléricamente su disco agudo como navaja de afeitar y ordenó al ejército que se despeñara sobre él (solo aquellos que superan el agudo camino conocido como el filo de la navaja). Pero el Futuro Buddha sólo mo­vió la mano para tocar el suelo con las puntas de los dedos y así ordenó a la diosa de la tierra que atestiguara su derecho a sentarse donde estaba (La Diosa que todo lo purifica, nuestra divina madre, nuestro estado virginal y de inocencia). Ella lo hizo con cien, con mil, con cien mil alaridos y el elefante del Antagonista cayó sobre sus rodillas en obediencia al Futuro Buddha (Recordemos que el número 10 es de la reina o esfera de Malchut).
Habiendo ganado esa victoria preliminar antes de ocultarse el sol, el conquistador adquirió en la primera vigi­lia de la noche el conocimiento de sus existencias ante­riores, en la segunda vigilia, el ojo divino de la visión omnisciente, y en la última la comprensión de la cadena de las causas. Experimentó la iluminación perfecta al romper el día (punto sincrónico con los tres días en que resucitó Jesús el Cristo).
Éste es el momento más importante de la mitología oriental, un contrapunto de la crucifixión del Occidente. El Buddha debajo del Árbol de la Iluminación (el Árbol Bo) y Cristo bajo el Árbol de la Redención son figuras análogas, incorporadas al arquetípico Salvador del Mundo, al motivo del Árbol del Mundo, que es de inmemorial antigüedad y que se conoce en todas las culturas antiguas. El Punto Inmóvil y el Monte Calvario, son las imágenes del Ombligo del Mundo o el Eje del Mundo, conocido en la Kabbalah como el pilar del medio.
El Antiguo Testamento registra un hecho comparable en su leyenda de Moisés, quien al tercer mes de la partida del pueblo de Israel de las tierras de Egipto, llegó con toda su gente al Monte Sinaí y allí el Señor lo llamó de la montaña. El Señor le dio las Tablas de la Ley y le ordenó que volviera con ellas a Israel, el pueblo del Señor.
La leyenda popular judía dice que durante el día de la revelación diversos ruidos se escucharon desde el Monte Sinaí. “Relámpagos, acompañados por un estrépito de cuer­nos siempre mayor, aterrorizaron al pueblo y lo hicieron temblar. Dios inclinó los cielos, movió la tierra y sacudió el centro del mundo, de manera que las profundidades tem­blaron y los cielos se atemorizaron. Su esplendor pasó los cuatro portales del fuego, del temblor, de la tempestad y del granizo (también aquí podemos observar las cuatro pruebas de los elementos). Los reyes de la tierra temblaron en sus pala­cios. La tierra no entró en calma hasta que escuchó las primeras palabras del Decálogo.
Como veremos, la aventura del héroe, ya sea presentada con las vastas, casi oceánicas imágenes del Oriente, o en las vigorosas narraciones de los griegos, o en las majestuo­sas leyendas de la Biblia, normalmente sigue el modelo de una separación del mundo, la penetración a alguna fuente de poder, y un regreso a la vida para vivirla con más sentido.
También para una mayor comprensión puede verse los siguientes mitos que contienen la misma dinámica:
1.    Prometeo y su ascenso a los cielos donde robó el fuego de los dioses y descendió para entregárselo a la humanidad.
2.    Jasón navegó a través de las rocas que chocaban para entrar al mar de las maravillas, engañó al dragón que guardaba el Vellocino de Oro y regresó con el vellocino y el poder para disputar a un usurpador el trono que había heredado.
3.    Eneas bajó al fondo del mundo, cruzó el temible río de los muertos, entretuvo con comida al Cancerbero, guardián de tres cabezas, y pudo hablar, finalmente, con la sombra de su padre muerto.
4.    Moisés subió al monte Sinaí, habló con IHVH y descendió con la Tora para entregársela al pueblo elegido.
5.    El rey Arturo y sus caballeros en busca del Santo Grial tuvieron que soportar duras pruebas y luchar contra los más diversos enemigos.
6.    La búsqueda de Psique para recobrar a su amado Cupido.
7.    El Dante en su descenso a los infiernos para conquistar el paraíso (véase La Divina Comedia).
8.    En la literatura moderna podemos encontrar básicamente el mismo esquema. Frodo debe destruir el anillo que haría más poderoso a su enemigo Sauron, la destrucción del mismo le permite entrar al paraíso Tolkiano. También en la saga de Harry Potter encontramos la separación trágica de sus padres por su enemigo Voldemort, la iniciación a manos del mago y guía Dumbledore y finalmente el triunfo que traerá el equilibrio y la paz del mundo. Podemos agregar que en gran medida la literatura fantástica para niños presenta con toda la estructura de aventuras a un escenario iniciático (véase títulos como: Blanca Nieve, La Bella Durmiente, Caperucita Roja, La Cenicienta, Hänsel y Gretel, El Cantar de los Nibelungos, La Saga de los Volsungos).
La fórmula mágica o iniciática como podemos ver se resume a un periodo de profundo caos, de confusión. El antiguo orden se descompone en un ritual carente de significados, los hábitos y costumbres rígidos han destruido la creatividad, lo símbolos que dieron fertilidad a la cultura han perdido su sentido. La vida huele a muerte y tanto la estructura mental del hombre como el tejido social descienden al ciclo negativo, a su propia entropía.   
Son los momentos en que las fuerzas oscuras o negativas imponen su poder, el caos se sucede al orden, la muerte a la vida, la destrucción a la creación. En todo cuento mitológico existe este período donde todo está amenazado y en peligro de desaparecer, son estos momentos en que la influencia de Geburah se encuentra en su máximo apogeo.
En estos momentos es que el héroe, el iniciado, el monje nace como un aspecto regenerador de la propia vida y también para aportar el necesario equilibrio. No importa si es individual o social, las fuerzas de la naturaleza buscan un receptáculo para poder seguir regenerando a su propia materia. La energía y la forma se combinan sabiamente siguiendo el esquema simbólico de la creación, muerte y renovación.
Después de este periodo el héroe debe pasar las pruebas estas pueden ser: Luchas contra el monstruo o el enemigo, obstáculos aparentemente insuperables, búsquedas de objetos maravillosos, enigmas a resolver, trabajos imposibles de efectuar, el descenso a los infiernos, incluso la muerte o algo aún peor como la pérdida de su propia alma. Aquí nos encontramos propiamente en el camino iniciático porque si pasa esas duras pruebas le espera al iniciado la resurrección, la boda con la hermosa princesa, la obtención de la copa de campeones (el cáliz sagrado), el fuego de Prometeo, la vida eterna, la ascensión hacia los cielos.
Casi podría decirse que tanto el cuento popular como las historias mitológicas desarrollan el escenario iniciático ejemplar. El cuento recoge y prolonga la iniciación al nivel de lo imaginario, en una forma de vida aletargada, esperando las condiciones propicias para nacer. Si constituye una diversión o una evasión, es únicamente para la mente condicionada y sensual. Lo cierto es lo profundo de la psique los escenarios iniciativos conservan su importancia y continúan transmitiendo su mensaje original, sin adulterarse por las distintas mutaciones que los distintos relatos ofrecen al lector. Es así que sin darse cuenta y creyendo divertirse o evadirse el hombre moderno escucha fascinado estos cuentos de la misma manera que los antiguos escuchaban alrededor del fuego el relato mitológico de los héroes.
Quizás lo que debiéramos comprender es que la iniciación coexiste con la condición de la vida cuando esta se torna auto consiente y que deriva naturalmente ya que la propia vida es una serie ininterrumpida de pruebas, de muertes y de resurrecciones.

 
         
         
 

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