MITOLOGÍA ESOTÉRICA (PSICOLOGÍA)

Texto: Héctor Vázquez

El símbolo, el rito y el mito, expresan un complejo sistema de afirmaciones coherentes sobre la realidad última de las cosas, sistema que puede considerarse en sí mismo como una metafísica trascendental. Esta fascinación por estos elementos ha perdurado a través del tiempo y ha sido siempre un llamado de atención en todas las culturas humanas que han visto en ellos el significado oculto de la vida.
Es en este singular contexto que los objetos del mundo exterior como también los actos humanos cobran un valor y llegan a ser más reales, porque participan en una realidad que los trasciende a través y por estos elementos. De igual manera el objeto simbólico aparece como receptáculo de una fuerza poderosa y unificante que le confiere sentido y valor al cosmos. Tanto el objeto simbólico como el rito, con sus actos consecuentes, tienen su honda significación y sentido porque están íntimamente vinculados en la reproducción o reflejo de un acto divinamente primordial. Lo que hace el rito o lo que evoca e invoca el símbolo ya se ha hecho desde el inicio de los tiempos y se seguirá haciendo hasta la consumación de la propia eternidad. Esta repetición consciente de actos y gestos paradigmáticos determinados nos remite a una ontología original, a un principio eterno e inmutable, a una realidad que todo lo trasciende.
Tanto el mito, como el objeto simbólico o el propio ritual provienen de un modelo Divino, de un arquetipo símbolo de toda la creación. Porque la función del mito o el símbolo es revelar modelos que elevan la conciencia de los hombres y que proporcionan, en esa extraña simbiosis, un nuevo significado del Mundo y de la propia existencia humana. 
Todas estas historias o actos, todos estos símbolos comprometen en mayor o menor medida al hombre, puesto que constituyen una historia sagrada, un acto de inicio y conclusión del universo, de la propia creación. Directa o indirectamente el mito opera siempre en una elevación del hombre, en una espiral ascendente que nos lleva a contemplar y participar del misterio de la vida. Es por ello que en todas las sociedades antiguas y aún modernas la recitación o enseñanzas más profundas es patrimonio de unos cuantos individuos.
Es que el mito como la propia vida nace de lo desconocido, de aquello que está profundamente oculto a la visión de los hombres. Es la fuerza germinal de la vida, invisible pero que irradia su potencia en todas las direcciones, es el propio semillero del caos, las tinieblas más profundas donde toda vida siempre se ha gestado.
Del caos al orden, de las tinieblas a la luz, de lo desconocido a lo conocido y en ese proceso misterioso surge con fuerza maravillosa el mito, el rito y el símbolo. Porque los símbolos y la mitología no son productos de la fantasía humana sino que son necesidades de la psique para encontrar un orden, un propósito, una inteligencia que une y que da sentido a esa palabra universo, un solo verso, una sola verdad.
Detrás de un envoltorio fantástico e irreal contiene una substancia rica, una substancia que se nutre de la propia fuerza de la verdad: tan sugestiva como atrapante. No es sorprendente que el mito contenga esa fascinación en los hombres ya que une lo maravilloso y mágico de la vida con la realidad común de todos los hombres, realiza el profundo y misterioso milagro de unir lo desconocido con lo que es ya conocido, lo visible con lo invisible, la fugacidad de la vida con la eternidad del cosmos. Pero aquel que comprende que la realidad es tan efímera como los sueños, que la impermanencia es la constante de la vida, ve en el relato del mito o en los gestos de la liturgia, un ropaje exquisito de sutilidad, imágenes tan vividas que sólo podrían provenir de lo más profundo de la mente. Y así el entendimiento de una verdad inalcanzable, un punto sublime del espíritu es alcanzado con la luz de la revelación.
La verdad se presenta como un punto de inflexión y desde lo más profundo de nuestra alma comprendemos que entre esa dualidad de opuestos, en esa supuesta resistencia y enfrentamientos de la polaridad, existe un movimiento único que atraviesa la vida con un hilo conductor, un faro que ilumina los movimientos del cosmos como el director de una orquesta maneja los invisibles movimientos de sus músicos para dar sonido al universo.
En esta simbiosis que se produce de lo oculto a lo manifiesto, del relato al oyente, entre la particularidad de cada uno de nosotros y la totalidad del universo, se revela el peligroso hechizo de la renovación del mito, el fuego que consume pero finalmente redime (recordemos la frase INRI que fue colocada en la cruz del Cristo y que significa el fuego renueva incesantemente a la naturaleza).
Pero esta muerte y renovación son siempre peligrosas porque amenazan la seguridad y la estabilidad que todo sistema complejo de vida obtiene en un determinado momento; y aunque sabemos que la singularidad del cambio es necesaria hay siempre fuerzas opuestas que se resisten y temen a lo desconocido. Desde las estructuras sociales hasta el propio individuo todos nos envolvemos, lenta pero inexorablemente, en complejos sistemas de hábitos y rutinas. La rigidez envuelve a la vida en un abrazo de muerte y entropía, es el ciclo negativo, el movimiento pendular opuesto al movimiento de la creación.
Es que el nacimiento de uno está ligado a la muerte y destrucción del otro, y en esa transformación, en esa liberación se produce un orden superior, una maravillosa reconstrucción de la vida humana, más limpia, más pura, más espaciosa y plena... ésa es la tentación y la promesa del reino mitológico que todos llevamos adentro. El mito como la propia antorcha del Olimpo guía al héroe para alcanzar la cima, el momento de gloria y donde la vida vuelve a renacer como el ave Fénix de entre sus propias cenizas, donde el fuego de Prometeo es finalmente entregado a los mortales y que revela un conocimiento más profundo de los misterios de la vida y de la muerte.
Esa generalmente ha sido la función primaria de la mitología y del rito: suplir los símbolos que hacen avanzar al espíritu humano hacia su regreso a la matriz de la vida. Pero en un estado de perfección e inocencia que nos evoca al estado primario del hombre; el mítico canto de las sirenas que nos hablan de promesas de tierras encantadas y paraísos celestiales y que han quedado resonando en lo más profundo de la psique de los hombres como ecos nunca silenciados.
Fue el padre de la psicología Sigmund Freud que dijo que en las doctrinas religiosas y en los mitos antiguos contienen las verdades que el hombre siempre ha buscado, pero que por su deformación, la mayoría de los hombres, no pueden reconocerlas como tales. Esa son las promesas del reino del mito, escapar al círculo completo que pareciera que es la vida, desde la tumba del vientre materno al vientre de la tumba de la madre tierra. Pero lo que parecía una huida se transforma en el camino en el regreso a la fuente primordial de aquello que siempre ha sido y que siempre será.
A pesar de nuestra profunda ignorancia estamos rodeados de mitos, nuestra vida esta imbuida de ellos. Los ritos matrimoniales también tienen un modelo divino y el casamiento humano reproduce fielmente la unión del cielo con la tierra, que permite la creación de la vida. El rito de la fertilidad está cabalmente expresado en el tránsito de la niñez a la adultez cuando el adolescente entra en la pubertad.
A pesar de nuestra negación a los mitos y los ritos por su inutilidad y antigüedad, o por su uso repetitivo y ausente de significado, seguimos inconscientemente influidos por ellos, tanto que a pesar del cambio de su ropaje por uno más técnico y científico sigue perdurando dentro de la mente del hombre el mismo esquema paradigmático que lo lleva hacia la luz del mito.
Por supuesto el paso de la supra conciencia al estado de inconsciencia es precisamente el significado bíblico de la caída. Este paso de un estado a otro crea un mundo en el cual no vemos la fuente del poder universal, sino simplemente las formas fenoménicas que son reflejo de ese poder, y por lo tanto ese reflejo crea un mundo nuevo que los hindúes llaman maya y que significa ilusión. De esa ilusión habla los Budistas cuando se refieren a este mundo con sus tres características de la existencia que son: impermanencia, interdependencia y dolor.
La redención o iluminación consiste en el regreso a la supra conciencia, a una unidad y por lo tanto a la disolución de este mundo para el advenimiento de otro. La resurrección está implícita en esta muerte y nacimiento de una nueva forma de consciencia, una elevación para el espíritu para alcanzar la meta primera y última.

 

 
         
         
 

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