RELIGION Y CONCIENCIA
Texto Héctor Vázquez

Pareciera que la religión ha quedado reducida a un conjunto de dogmas, de doctrinas que se presentan a los creyentes como artículos de fe. En muchos casos la religión ha quedado apresada en sus tradiciones y ritos, que lamentablemente son más importantes que la sustancia que se quiere transmitir que es la propia conciencia. Tampoco no es nuestra intención discutir acercas de unas verdades esenciales, conocidas algunas desde hace miles de años, ni agregar nuevas verdades ya que creemos que hay suficientes en este mundo como para que todos los hombres puedan acercarse a su principio divino.
Pero definamos, antes de continuar, a que le llamamos conciencia y religión. Podremos decir que conciencia son ciertos valores que nos permiten percibir nuestra alma. Estos valores son: amor, comprensión, servicio, sabiduría, entendimiento, voluntad, justicia, verdad, intuición, inspiración entre otros. La conciencia es también la percepción de la luz increada, es decir de la primera manifestación de Dios.
La palabra religión como muchos sabemos proviene del latín (religare) y significa unión, reunir, volver al principio creador del cual emanó el hombre. Ese retorno se realiza mediante la conciencia; conciencia que es la comprensión de quién es Dios y cual es el propósito del hombre en esa maravillosa e infinita creación.
Toda verdadera religión debería enseñar la perfección de la vida, ya que Jesús dijo: sed perfectos como vuestro Padre Celestial lo es. Porque todo aquel que vive una vida perfecta en conciencia ya tiene realizaciones del espíritu. Teniendo un corazón puro como el cristal, teniendo una mente luminosa como el sol, nuestra alma y nuestra conciencia serán tan vastas como el propio universo. En verdad si queremos practicar esa religión divina debemos buscarla dentro de nosotros mismos, cada hombre tiene una senda que seguir para encontrar a Dios, ese es el sagrado misterio de todas las verdaderas religiones.
En un pasaje del Antiguo Testamento, específicamente en Jeremías, se cita que Dios ha escrito su ley en cada uno de los corazones de los hombres, así que desde el más pequeño hasta el más grande la reconocerán, y no sólo en un grupo de hombres sino en todos los hombres que amen al Dios Vivo.
Para tener una idea más clara de esto es fácil darnos cuenta que cuando uno se encierra en una doctrina, aunque esta sea diáfana y hermosa como la luz,  se vuelve esclavo de ella, no permitiendo que la vida, la libertad, el amor, el triunfo pase por ella como lo haría la verdadera luz sobre un cristal puro; esta se marchita en el corazón del hombre y aquello que debía liberarnos son las peores ataduras para el alma.
Recordemos cuantas parábolas nos dejó en los evangelios el gran Jesús con respecto a este tema, cuantas veces defendió a los samaritanos a pesar de ser condenados por la ley judía, cuantas veces nos enseñó que es más importante el propio acto de cumplir la ley de Dios que citar con brillantez sus citas. No es puro el que conoce de principio a fin los libros sagrados, no es salvo aquel que se cree que es más justo que los demás hombres, no es santo aquel que siente orgullo de su propia sabiduría.
Esta cita si no proviniera de Jesús ofendería a muchos creyentes cristianos cuando dijo: En verdad en verdad os digo que los publicanos y las rameras llegaran antes que vosotros al Reino de Dios, refiriéndose a los doctores de la ley que también conocían al dedillo la ley dada por Moisés pero que quizás no la practicaban en sus propias vidas.
Esto sucede porque no hemos comprendido que la verdadera religión es un estado de conciencia que excede los estrechos límites de los ritos, los dogmas y toda suerte de tradición escrita u oral. En verdad esta liturgia debería ser el alimento para que la conciencia se expanda y no se limite a un punto, sino que nos una a todos los creyentes en verdaderos actos divinos como son el amor, la comprensión, la libertad, la verdad, la justicia y el servicio por nuestro semejante.
Lo que necesitamos comprender es que ni la Biblia, ni los libros sagrados, ni los ritos o dogmas podrán conseguir la salvación de nuestras almas por si solas. Somos nosotros quienes debemos trabajar intensamente por ella, debemos encontrar los motivos para respetar esas leyes divinas, debemos trabajar para que esos preceptos regulen todas las actividades diarias que realizamos, entonces estaremos en la senda de esta verdadera religión.
Esa religión sólo puede ser practicada con la Conciencia Despierta que permite comprobar la existencia de Dios en nosotros mismos. Como dije anteriormente a nosotros nos corresponde hacer lo que es necesario para sentir su presencia, para descubrirlo en nuestros pensamientos, emociones y acciones, para así reconocer nuestra eterna identidad divina, pero esta comprobación de la existencia de Dios en nosotros solo es válida únicamente para aquel que la ha realizado en uno mismo.
Aunque cada uno de nosotros logre esta verdadera religión no podremos probar a los demás que es mejor que otras, porque cada uno de nosotros deberá elevar su conciencia para poder encarnar estos principios, estas energías que están disponibles solo a aquellos que trabajaron intensamente sobre si mismos.

                 
 

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