En Busca de la Verdad
Texto: Héctor Vázquez

Desde el principio de los tiempos todos los hombres a su manera han buscado una verdad que sea perdurable aún después de su propia disolución. Una verdad que fuera absoluta y tan eterna que su propia esencia hubiera sido rescatada de las mismas bases que fundamentaron la construcción del universo. Es comprensible que esa Verdad tan buscada y anhelada solo pueda ser obtenida con un elevado grado de conciencia, es decir por aquellos que tienen una visión perfecta, que pueden observar la danza misteriosa de la Naturaleza con los ojos del Alma. Obtener este estado no es un regalo o un obsequio sino que es el premio a un esfuerzo sostenido, porque si somos honestos con nosotros mismo, y aunque se nos ofreciera libremente, lo más probable es que no la entenderíamos; más aún dice los Maestros que esta verdad está accesible en todas partes.

He visto demasiadas fantasías en cuanto a las realizaciones que dicen las personas espirituales conseguir. Hablamos demasiado de los contactos con nuestros Maestros pero ninguno de nosotros habla de las interminables conferencias que realizamos con nuestros demonios. Mientras no reconozcamos nuestra propia realidad nunca podremos alcanzar ni siquiera el reflejo de la tan ansiada Verdad.
Por ejemplo; cuando comenzamos este camino hablamos de lo difícil que es y también del dolor que sentimos el dejar nuestras pasiones y deseos que están firmemente instalados en nuestra mente y corazón. Ese dolor existencial es proporcional a nuestro orgullo, ese dolor es nuestra verdadera naturaleza que cree firmemente en nuestro interior que uno es mejor y superior que los demás, o su contracara, que es el hombre más miserable del universo. El justo que no es humilde en su propia justicia no es justo, el justo que se vanagloria de su propia imparcialidad no es universal, y por ello no busca una vida de perfección. La ley sin misericordia deja de ser justa. Comprendamos que el santo necesita del pecador para probarse y perfeccionarse como el pecador necesita de la santidad para redimirse. Recordemos que aunque El Cristo nazca mil veces en Belén y no dentro de ti, tu alma se verá siempre desamparada y tu mentira cada vez más grande.
Dijo Jesús: la verdad os hará libres, pero en verdad esa libertad es una tierra sin caminos y lo que es más complejo, el caminante que la transita no deja ninguna huella visible y es por ello que sólo la conciencia puede recorrerla. En contra de algunas opiniones la libertad no sólo es la posibilidad de elegir o el famoso libre albedrio (que pareciera que el hombre posee). Tampoco es una reacción a los límites que impone la vida. La libertad es la liberación del alma y por ello es un estado de conciencia. Los límites impuestos por el tiempo y el espacio pueden superarse cuando la conciencia se eleva y aquello que estaba dividido tiene la posibilidad de volverse a unir. Esta ampliación de conciencia puede superar hasta la propia muerte y así aquellas personas que amamos y que ya no están en este plano físico se nos unen en este nuevo estado. El amor que es una energía ilimitada y que puede tomar todas las formas  así nos conduce a esa perfecta unión de lo visible con lo invisible.
Entonces comprendemos que La Verdad eterna e inmutable espera ser descubierta en el corazón de los hombres. Todos nosotros tenemos esa misión de revelar al mundo la belleza del señor del Esplendor, del Bendito Tifereth. Muchos de nosotros buscamos la verdad fuera de nosotros mismos, en libros sagrados, en las palabras de los Maestros, en símbolos divinos, pero el reconocimiento de esa búsqueda de la Verdad sólo puede ser conocida por un corazón lleno de amor y una mente repleta de paz.  Cuando ese estado de perfección se establezca en nosotros la verdad aparecerá de la misma forma que el fruto en el árbol, de adentro hacia afuera.

                 
 

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